Dormir es una de las necesidades más universales del ser humano, y sin embargo, la forma en que lo hacemos —especialmente en la infancia— ha cambiado notablemente a lo largo del tiempo. ¿Siempre han dormido los bebés en cunas? ¿De dónde viene esa costumbre? ¿Qué papel ha tenido el colecho en distintas culturas? Hoy nos asomamos a la historia de la cuna para descubrir cómo ha evolucionado el descanso infantil… y cómo las decisiones sobre el sueño no son solo prácticas, sino también culturales, económicas y afectivas.
Tabla de contenido
- Un poco de historia: el origen de la cuna
- El colecho, una practica más antigua que la cuna
- Un debate que sigue vivo
- Propuestas entre la cuna y el colecho
- Conclusión
Un poco de historia: el origen de la cuna
La palabra «cuna» proviene del latín cūna, que hacía referencia a una especie de cesto o estructura donde se colocaba al bebé. Las primeras cunas conocidas eran muy distintas a las actuales: hechas con materiales naturales como madera, mimbre o incluso piedra, cumplían una doble función de protección física y, a menudo, de simbolismo social.
En el Antiguo Egipto ya existen representaciones de «cunas», eran normalmente cestas decoradas. También en Grecia y Roma se usaban pequeñas estructuras mecedoras para calmar a los bebés. No obstante, durante siglos la cuna fue más un objeto de clases acomodadas. Las familias campesinas o humildes solían recurrir a lo que tenían a mano: capazos, cajas, canastos o directamente el calor del cuerpo adulto.
Con el paso del tiempo, la cuna fue ganando protagonismo en la habitación infantil. En la Europa del siglo XVIII y XIX, en pleno auge del mobiliario burgués, aparecen cunas de hierro forjado o madera tallada con diseños elaborados. Dormir en una cuna propia empieza a asociarse con higiene, independencia y buena crianza. Poco a poco, se consolida la idea de que el bebé debe dormir separado de sus progenitores.
El colecho, una práctica más antigua que la cuna
A pesar del auge de la cuna como símbolo de modernidad, el colecho, dormir junto al bebé, ha sido la forma más común de descanso en la mayor parte del mundo y de la historia humana. Durante milenios, madres y bebés durmieron juntos por pura necesidad: para facilitar la lactancia nocturna, proteger del frío o del ataque de animales, y por una razón más simple aún: no había más camas.
En muchas culturas aún hoy el colecho es la norma. En Japón, por ejemplo, es común que madres e hijos compartan futón hasta bien entrada la infancia. En muchas regiones de África, América Latina y el sudeste asiático, dormir juntos no solo es habitual, sino deseado. No se ve como una “dependencia”, sino como una forma de vínculo, de cuidado y de conexión emocional.
La medicalización del sueño en Occidente, especialmente en el siglo XX, promovió la separación temprana entre madre e hijo, alegando que el bebé debía aprender a dormir solo para desarrollar autonomía. Sin embargo, estas ideas no siempre se apoyaban en evidencias científicas, sino más bien en ideales culturales ligados al individualismo y la productividad.
Un debate que sigue vivo
Hoy día, la elección entre cuna o colecho sigue generando preguntas, inquietudes y, a veces, juicios. Afortunadamente, cada vez más voces dentro del ámbito de la pediatría, la neurociencia y la psicología del desarrollo reconocen que el sueño infantil no es una cuestión de “una única forma correcta”.
Dormir junto a un bebé no solo facilita la lactancia, sino que también favorece la regulación del sueño, la temperatura corporal y el vínculo afectivo. Por supuesto, debe hacerse con seguridad: evitando superficies blandas, almohadas sueltas, y garantizando un entorno sin riesgo de asfixia o aplastamiento.
Por otro lado, algunas familias prefieren la cuna o encuentran en ella una opción más cómoda o tranquila. No hay una única receta válida: lo importante es que el descanso se dé en un ambiente de confianza, cuidado y disponibilidad emocional.
Propuestas entre la cuna y el colecho
En los últimos años, han surgido propuestas intermedias que permiten combinar cercanía y seguridad. Las cunas de colecho, por ejemplo, se acoplan a la cama familiar y permiten mantener el contacto visual y físico sin compartir el mismo colchón. También hay camas familiares más grandes o estructuras modulares que se adaptan a las necesidades cambiantes del sueño infantil.
Esto nos recuerda que el mobiliario —incluida la cuna— no es neutro: refleja cómo entendemos la infancia, el cuerpo, el vínculo. Tal vez no se trata tanto de si usar cuna o no, sino de qué lugar damos a nuestros bebés mientras duermen.
Conclusión
La historia de la cuna es, en el fondo, la historia de cómo miramos a la infancia. En algunos momentos, se buscó la separación precoz; en otros, se priorizó la cercanía. Ninguna elección es universal ni definitiva. Cada familia encuentra su manera, en diálogo con su cultura, su situación, sus emociones y sus valores.

