La asamblea en Summerhill: aprender a convivir

Cuando se habla de la pedagogía de Summerhill, muchas veces se pone el foco en la libertad: libertad para elegir qué aprender, libertad para jugar, libertad para no asistir a clase si así se desea. Sin embargo, hay un elemento fundamental que sostiene todo ese enfoque y que, a menudo, pasa más desapercibido: la asamblea.

En la escuela fundada por A. S. Neill, la asamblea no es un recurso puntual ni una actividad complementaria. Es el corazón de la vida comunitaria. El lugar donde se construye la convivencia, donde se aprende a escuchar, a dialogar y a tomar decisiones colectivas. En definitiva, donde la libertad se convierte en una experiencia compartida y responsable.

Tabla de contenido

  • Un espacio real de participación
  • Aprender democracia viviéndola
  • Libertad no es ausencia de normas
  • La educación emocional que no se enseña, se vive
  • Lo que Summerhill nos sigue recordando hoy

Un espacio real de participación

En Summerhill, niños, niñas y adultos se reúnen periódicamente en asamblea para tratar asuntos que afectan a la escuela: normas, conflictos, propuestas, cambios en la organización del centro o situaciones concretas del día a día. Lo verdaderamente significativo es que todas las personas tienen el mismo derecho a voto, independientemente de su edad.

No hay jerarquías educativas dentro de ese espacio. La voz de un niño pequeño tiene el mismo peso que la de un adulto. Esta igualdad no es simbólica ni decorativa: es real y efectiva. Las decisiones que se toman en asamblea se cumplen, y eso otorga a la infancia algo que rara vez se le concede en otros contextos educativos: confianza.

Confiar en que pueden opinar.
Confiar en que pueden equivocarse.
Confiar en que pueden aprender a convivir.

Aprender democracia viviéndola

Uno de los grandes valores de la asamblea en Summerhill es que convierte la democracia en algo tangible. No se explica como un concepto abstracto, ni se trabaja desde un libro de texto. Se vive.

En la asamblea se aprende a:

  • Escuchar puntos de vista diferentes.
  • Defender una idea sin imponerla.
  • Aceptar decisiones con las que no siempre se está de acuerdo.
  • Comprender que la libertad individual tiene límites cuando afecta al bienestar del grupo.
  • Asumir responsabilidades reales.

Este aprendizaje no se da de forma inmediata ni perfecta. Y ahí está precisamente su valor. Los conflictos forman parte del proceso, igual que los desacuerdos o las emociones intensas. Pero es en ese espacio donde los niños y niñas desarrollan habilidades sociales profundas que les acompañarán toda la vida.

Libertad no es ausencia de normas

Uno de los malentendidos más frecuentes sobre Summerhill es pensar que se trata de un lugar sin reglas. Nada más lejos de la realidad. Las normas existen, pero no se imponen desde arriba: se construyen colectivamente.

Esto cambia por completo la relación con la autoridad. Las normas dejan de ser algo externo que se obedece por miedo al castigo y pasan a ser acuerdos que protegen la convivencia. Cuando un niño participa en la creación de una norma, entiende su sentido y se implica en su cumplimiento.

Así, la libertad deja de ser individualista para convertirse en una libertad consciente, conectada con el respeto a los demás.

La educación emocional que no se enseña, se vive

La asamblea también es un espacio privilegiado para el desarrollo emocional. En ella aparecen el enfado, la frustración, la alegría, la empatía, la escucha, la negociación. No se trabaja la educación emocional con fichas ni programas cerrados, sino a través de la experiencia real.

Los conflictos no se evitan ni se silencian: se acompañan. Se habla de lo que ha pasado, de cómo se ha sentido cada parte, de cómo se puede reparar el daño si lo ha habido. Este enfoque fomenta una mirada más humana y comprensiva hacia la infancia, donde el error no se castiga, sino que se convierte en aprendizaje.

Lo que Summerhill nos sigue recordando hoy

En un contexto educativo cada vez más marcado por la prisa, los contenidos y la evaluación constante, la propuesta de Summerhill sigue resultando profundamente necesaria.

Nos recuerda que:

  • La participación infantil no es un privilegio, es un derecho.
  • La convivencia se aprende viviéndola, no memorizándola.
  • La autonomía se construye cuando confiamos de verdad.
  • La infancia necesita espacios donde su voz tenga valor real.

La asamblea no es solo una herramienta organizativa. Es una forma de entender la educación, las relaciones y el respeto mutuo. Una invitación a mirar a niños y niñas como personas capaces, competentes y dignas de ser escuchadas.

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